Tontos por el Golf

Soy socio de dos clubes de golf en Madrid. Tengo una empresa en la que, entre otros, editamos este periódico y, cada año, organizamos dos circuitos amateur y torneos contratados por clientes, con lo que son más de treinta los campos que visitamos y a los que damos ingresos, así como negociamos con proveedores y marcas ilustres de la industria y sector, ayudando a crear riqueza y empleos, tan necesarios en estos tiempos.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Lo poco o mucho que entiendo de este complejo deporte se lo debo a mi compadre, Alvaro Beamonte, que con su vasta cultura golfística, amplios conocimientos, experiencia y capacidad doctrinal, ha conseguido que, en mi mejor momento, llegara a ser hándicap 10 y que mi veloz swing no influyera demasiado en mis tarjetas y que haya, alguna que otra vez, ganado torneos y bolas más cercanas y todo tipo de premios habituales en esos campos de Dios.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

He jugado cinco veces el Old Course de St. Andrews, dos Carnoustie, Murfield y todos los años viajo a Escocia, cuna indudable de este deporte, para comprobar como se cuida esta industria en su país de origen y como se valora tanto a los amateurs como a los profesionales.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Desde marzo hasta octubre, viajo por toda España ayudando en la organización de nuestros circuitos, hablo con gerentes de clubes, jugadores, profesionales y compruebo que, cada día más, son muchas las carencias que existen en mi querida España para que podamos llegar a parecernos a países con peores condiciones para su práctica, pero mucho más inteligentes en sus planteamientos sectoriales.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Cuando me pongo a analizar por qué en mi querida España, este sector, la industria, está como está, me surgen muchos argumentos que me sugieren que es lo que hace que, a pesar de contar con más de trescientos campos donde jugar, un clima apropiado para su práctica durante todo el año, establecimientos hoteleros de primer nivel, profesionales jugando los principales torneos mundiales y un amplio historial de triunfos, no consigamos que se constituya como una actividad económica, nacional e internacional, que ayude a levantar nuestra fluctuante e inestable economía.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Entre otros argumentos, en lugar de ayudar a los nuevos aficionados, sólo se les ponen pegas para su práctica: obligatoria licencia federativa, escasos campos públicos en las principales capitales, equipamiento costoso en un inicio, inexistente posibilidad de alquilar palos a precio razonable, técnica difícil de aprender sin un profesional que te enseñe, son algunos de los que, a bote pronto, me vienen a la cabeza unidos al maltrato que en muchas regiones se da a un turismo extranjero de lujo.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Si a ello añadimos demasiados intereses espurios por parte de advenedizos que llegan al negocio del golf para servirse de él en lugar de ayudar a su crecimiento y desarrollo, creando una mafia endogámica que no acepta extraños y que se autoalimenta y que critica todo lo externo creyendo que por estar en contacto con determinados poderes seudofácticos pueden permitirse dar lecciones y poner en tela de juicio las actuaciones profesionales que no vienen de su cerrado círculo de intereses creados, con permiso de don Jacinto, se puede entender fácilmente que es complicada la solución de los problemas graves y constantes que la industria del golf sufre en este país, antes llamado España.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Que se de poder a analfabetos profesionales que no tienen conocimientos de tan noble y elegante deporte, que no cuentan con más trayectoria profesional que su afición por un deporte al que han llegado por casualidad y su capacidad de medrar, peloteo y estar siempre al sol que más calienta mendigando la presencia donde no les corresponde y que, además, van de gurús cultos y preparados, dice mucho de las manos que sustentan algunas de las partes esenciales de una industria necesitada de seriedad, profesionalidad e ideas innovadoras, originales y creadoras de riqueza, que ve como hay demasiados aprovechados que buscan servirse en lugar de servir.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Lo mismo que cuando se comienza la práctica de nuestro querido deporte y te enseñan unas reglas de etiqueta (que cada día son menos los que las conocen) se debería enseñar que en los negocios, en las empresas, existen principios básicos que respetar tales como ética, seriedad, profesionalidad, respeto y otros muchos que, por desgracia, cada día son obviados por los advenedizos y mafiosos que pululan por este sector.

Pero yo no tengo ni idea de golf.

Y dentro de mi desconocimiento de golf lo que tengo claro, ya sea en español, escocés original o inglés (que cualquier traductor, por muy malo que sea, puede entender y hasta traducir) lo cierto es que los que saben de esto son pocos pero preparados y que por mucho que se pelotee, medre o se intente convertir en una mafia endogámica, hay algo que ni se compra ni se adquiere: el que sabe sabe y el que no ahí tiene el viejo dicho castellano “Quod natura non dat, Salmantica non præstat” que para los traductores provenientes de la LOGSE descubro que viene a significar que aquello con lo que no naces, es difícil que nadie, ni siquiera la excelsa Universidad de Salamanca, te lo de. Pero, además, si lo adaptamos a nuestro golfístico lenguaje sería “Quod natura non dat, St. Andrews non præstat”

Y es que, cada día más, este sector, esta industria no deja de sorprenderme y demostrarme que hay muchos TONTOS POR EL GOLF, y eso que yo, como decía el filósofo, de esto, no sé nada de nada.